Iglesia de Boston. ¡Salvado!

No obstante, al fin sí decidí salirme y buscar algo diferente. Tal vez la Iglesia de Cristo fuera la respuesta a la necesidad que sentía en aquellos momentos de mi vida.

Asistí a una reunión entre semana de 150 personas en el vestíbulo de una escuela local sin saber realmente lo qué pudiera esperar. Fue cálida la bienvenida. La gente no sólo se preocupaba por charlar con los recién llegados, sino que parecían tener un interés sincero.  Entablé largas conversaciones con miembros que me explicaron cómo su afiliación a la Iglesia había cambiado su vida. Un reciente converso, un joven cantante, contó de su aspiración de convertirse en una estrella de música pop. La música seguía siendo importante, pero ahora Dios ocupaba el primer lugar para él. Hasta se había mudado a Londres con tal de estar con su Iglesia. Otra persona, un señor mayor con un acusado acento americano me hizo preguntas sobre mi trabajo. No me dijo que el LCC, una ramificación de un extenso movimiento norteamericano, consideraba que sus miembros eran los verdaderos discípulos de Jesucristo. Los que estaban fuera se les consideraban «almas pérdidas» destinadas a pasar la eternidad en un tormento cruel.

Me persuadieron a asistir a los demás oficios. La reunión dominical de varios centenares de miembros de toda la capital, tuvo lugar en un antiguo cine en el West End de Londres.  El oficio fue imponente, el canto vibrante y el mensaje desafiante y relevante y con una sana indiferencia hacia la tradición. Resultó ser justo lo que había estado buscando. Curiosamente, los miembros que había encontrado en la reunión anterior no paraban de hacerme preguntas e intentar de persuadirme a estudiar la Biblia. Sus llamadas telefónicas eran muy frecuentes, en general nocturnas y a veces irritantes, sobre todo cuando había pocas noticias que comunicar. No obstante, siempre eran amables y yo no estaba preocupado, al fin consentí participar en las sesiones de estudio de la Biblia con tal de quitármelos de encima.

Nos encontramos en una casa en el sur de Londres ocupada por joven de unos 25 años. Trabajaba de programador de ordenadores e intervino como líder del grupo local para la Iglesia. Unos seis hombres jóvenes y solteros, todos adeptos de LCC, compartían la propiedad con él. No parecía haber mucho espacio para intimidad.