Iglesia de Boston. ¡Salvado!

Era un día caluroso y húmedo cuando iba caminando por una calle de Londres Oeste. Estaba haciendo un recado para mi jefe, un importador de peces; intenté esquivar a un joven que repartía panfletos en la acera, pero fallé en mi intento. ‘Disculpe, ¿le puedo invitar a unas reuniones que mi iglesia está organizando en este barrio?’ dijo.

La entrada parecía inofensiva. Era educado, simpático y en apariencia sincero,  de modo que rechacé mi recelo inicial de que se debería tratar de un Testigo de Jehová. Cuando le pregunté si era Testigo de Jehová me respondió,

‘No, somos una iglesia cristiana sin confesión que intenta vivir según la Biblia. ¿Vive usted por aquí?’

Dije que no pero igualmente me ofreció una invitación y me pidió el número de teléfono, lo que no quise. Hablamos un poco más hasta que cada uno se fue por un lado.

Yo entonces tenía 17 años entonces y vivía en uno de los suburbios exteriores de Londres. Nunca había oído de la Iglesia Londinense de Cristo (en lo sucesivo LCC, siglas en inglés), ni de la extensa campaña evangelista ‘Hope’ (esperanza) que se celebraba cada año por toda la capital. El panfleto parecía interesante: la reunión se ocupaba de algunos de las preguntas más relevantes dirigidas a cristianos como yo mismo. ¿Por qué existe el sufrimiento?  ¿Cómo puedo encontrar a Dios? Era una invitación que me intrigaba; la metí en mi bolsillo para su futura consideración.

La relación que tenía con la religión se había enfriado con rapidez. Aunque mi familia no era religiosa me había convertido en un participante asiduo de los oficios desde temprana edad. Incluso el tedio que caracteriza muchas celebraciones de la Iglesia Anglicana no me había podido disuadirme.