Abandonando el jardín adventista

Testimonio de James C. Moyers, 1999. Original en inglés en www.jimmoyers.com

Nací siendo adventista del Séptimo Día de cuarta generación por ambos lados en mi familia. Mis abuelos maternos vendieron su granja para ayudar a iniciar una escuela de internado adventista (ahora es la Academia del Monte Pisgah) y un sanatorio en North Carolina. Mis abuelos maternos se pasaron la vida “en la obra”, como decían los adventistas de su generación al referirse a trabajar para la iglesia. Por el lado de mi padre, mi abuelo cumplió una sentencia en una cárcel en Tennessee por haber arado su campo en domingo desafiando las leyes que los adventistas creían eran el primer paso hacia el establecimiento de una “ley dominical nacional”, la cual daría por resultado que los perseguirían por tener culto en sábado.

Desde mi infancia, estuve sumergido en el adventismo y “el conflicto de los siglos”, una guerra cósmica entre las fuerzas del bien y del mal, alrededor de la cual gira la teología adventista. Aunque los adventistas son conocidos por su adhesión a las restricciones en su dieta y en su estilo de vida, mi familia era más estricta que la mayoría de otros adventistas que yo conocía. Nunca comíamos carne (todavía soy vegetariano) ni íbamos al cine. Nuestro televisor era controlado estrictamente. Siendo sospechosos los juegos de cartas, todavía no conozco la estructura de un mazo corriente, mucho menos cómo se juega con él. Amaba el libro Uncle Arthur´s Bedtime Stories, que proporcionaba ejemplos de cómo deberían pensar y actuar los niños buenos, y Bible Story, una interpretación multi-volumen de la Biblia para niños. Los libros escritos por la profetisa adventista, Ellen G. White, llenaban nuestros libreros, y para cuando yo tenía doce años, ya había leído la mayoría de ellos.

Dominaba la jerga adventista basada en frases aprendidas de memoria, de la Biblia o de la Sra. White, que se referían a nuestras creencias particulares como un “pueblo peculiar” (1). Mis preguntas tendían a ser contestadas con un “Se nos ha dicho…”, seguido por una referencia bíblica o, más a menudo, de Ellen White. Si no había disponible inmediatamente una respuesta de estas fuentes inspiradas, se me decía que la respuesta vendría cuando “vayamos al cielo”, un suceso que “ocurriría pronto”. Parecía que se nos había proporcionado todo el conocimiento necesario para navegar a través de “este mundo”. Como “el pueblo escogido de Dios”, los sucesores espirituales de los judíos que habían rechazado a Jesús, se nos prometía un lugar especial en “el mundo por venir”, con la condición de que fuéramos fieles al “Mensaje del Tercer Ángel”. Yo sospechaba de los vecinos “mundanos”, y evitaba a la mayoría de ellos. Recuerdo haberme sentido decepcionado cuando mis intentos de leerles a un par de chicos del vecindario El Gran Conflicto, de la Sra. White, un libro que bosquejaba el “conflicto entre Cristo y Satanás” en relación con el “fin que se acercaba rápidamente”, no produjo interés, mucho menos conversos.